EL COMINO DE NUESTRA LENGUA
Javier Marías, El País 28/01/2007
Pocas veces he sentido más indignación que al leer el reportaje que sacó
este diario hace dos semanas, de Virginia Collera y Enrique Murillo,
sobre la actual situación de los traductores en España. No se me escapa
que empezar así resulta un tanto hueco y retórico, dado que, como
ustedes saben y padecen, me indigno aquí a menudo. Pero la cantidad de
indignaciones no merma la calidad de cada una, y esta ha sido de
primera. Hace mucho que no traduzco, con alguna excepción para mi
editorial, Reino de Redonda, para la cual lo hago gratis, claro está.
Pero en los años setenta y ochenta fue una de mis maneras de ganarme
–mal– la vida. Se trata, desde siempre, de una tarea tan importante como
mal retribuida y considerada, y a lo largo de decenios los traductores
han esperado que al mundo de la edición llegase gente que supiese ser
justa con ella: que se dignase poner el nombre del traductor, sin falta,
y como se hace en Francia, en la cubierta de los libros; que no fuese
indiferente a su calidad; que pagase como es debido algo extremadamente
difícil –a veces milagroso– y esencial; que no viese esa actividad como
un trámite, o un inevitable engorro, sino como lo que más hay que cuidar
a la hora de publicar una obra escrita originalmente en lengua extranjera.
Las condiciones, sin embargo, no sólo no han ido a mejor, sino que han
empeorado vergonzosamente. Si por las traducciones literarias se pagaba
poco, ahora menos. Si antes se retribuía por folio, ahora la avaricia y
tacañería de muchos editores los lleva a descontar cuanto no contenga
texto –los diálogos, los puntos y aparte, los versos, los finales de
capítulo, los sangrados–, como si las pausas no formaran parte de los
textos y como si éstos se escribieran en un rollo de papel higiénico
ancho, todo seguido. (Esto hace que los traductores ingresen un 20%
menos … de lo que ya era una miseria.) Por último, cuentan Collera y
Murillo, hay ya unas cuantas editoriales, algunas riquísimas –Planeta,
Random House Mondadori, Gredos, Urano–, que llevan a cabo una de las
prácticas más vejatorias, explotadoras e insensatas que se pueden
concebir: “subastas a la baja”, consistentes en que el editor ofrece un
libro a tres o cuatro traductores, y el que esté dispuesto a vertérselo
al castellano por una tarifa más baja, se llevará el gato al agua. Esto
equivale a premiar al que tiene en menos su tarea, al que –en
consonancia con el ridículo precio acordado– se tomará las molestias
mínimas y entregará una chapuza, al que no se sentirá obligado ni a
consultar el diccionario en caso de duda, ni tendrá reparo en cambiar o
suprimir los pasajes que no entienda bien. En suma, al que
tradicionalmente se llamaba “intruso” o “revientaprecios”. Es justamente
lo contrario de lo que se hace en Francia, donde, si un traductor se
ofrece a trabajar por una tarifa inferior a la habitual, el editor
desconfiará de él, dudará de su competencia y de la estima que su propia
labor le merece, y, ya sólo por eso, no le entregará la obra. Aquí, el
mundo al revés. Cuanto más barato sea alguien, más trabajo se le dará.
Claro que también se puede ser barato por desesperación o por bisoñez,
porque hay que sacar dinero de donde sea o porque se está empezando y es
lo único que se quiere, empezar. Pero lo más frecuente es que se sea
barato por mediocridad, aprovechamiento o haraganería.
Más de una vez he hablado del lamentable estado de nuestra lengua y de
nuestras traducciones en particular, de las cuales nos nutrimos tanto o
más que de lo escrito en español (¿o es que no son traducción
innumerables noticias de prensa y televisión, o los subtítulos de las
películas y las series?). Pero es que el círculo vicioso ya está creado,
gracias en buena medida a los editores iletrados y avaros: éstos dan el
trabajo al más pringado, éste aplica la ley de la jeta y no se molesta
en mejorar, los críticos casi nunca enjuician las traducciones, para
bien ni para mal, de modo que esos editores a los que se les debería
caer la cara de vergüenza por ofrecer productos defectuosos cuando no
infames, jamás son reprendidos por nadie ni ven disminuir sus
beneficios, como merecerían; y a los lectores, por último, parece darles
todo igual, o ya no saben distinguir. Hoy hay muchos que creen estar al
día y haber leído a los mejores autores extranjeros, cuando lo único que
han leído es un burdo simulacro, patoso y lleno de infidelidades y
errores, de lo que originalmente escribieron. Así como uno no compra la
leche Tal o los embutidos Cual, la nevera X o el ordenador Z porque sabe
que son una porquería, a estas alturas deberíamos ya saber que de la
editorial H o V uno jamás debe adquirir un libro traducido. Yo mismo
podría darles aquí una pequeña lista, pero esa no es mi misión. Lo sería
de los críticos, en primer lugar, y de los propios lectores a
continuación. Y sólo así, al cabo del tiempo, podría acabarse con lo que
expresaba un veterano traductor en el reportaje mencionado: “Hasta que
podamos demostrar que las traducciones, las buenas y las malas, afectan
a las ventas, a las editoriales les importarán un comino”. Las
traducciones también conforman –cada vez más– nuestra lengua, y ésta,
francamente, jamás debería importarnos un comino a ninguno de los que la
hablamos.